¿Qué pasa cuando el destino deja de ser lo más importante y el camino comienza a revelar su verdadero sentido?
Esa fue la experiencia que vivimos durante la Itinerancia Vocacional 2026. Trece personas —frailes y jóvenes de distintas comunidades— nos pusimos en camino con un objetivo concreto: llegar a la Romaria de los Mártires, en Ribeirão Cascalheira (Brasil), un lugar profundamente marcado por el testimonio de Dom Pedro Casaldáliga, donde la memoria de quienes entregaron su vida por el Reino sigue siendo fuente de inspiración.
Salimos desde Yacuiba, Bolivia, con una propuesta tan sencilla como desafiante: viajar haciendo dedo, llevando apenas lo necesario y confiando en la providencia. Más que recorrer kilómetros, queríamos salir al encuentro de las personas que Dios pusiera en nuestro camino.
Cuando los planes cambian
Atravesamos Bolivia, Brasil, Paraguay y Argentina. Algunos lograron llegar hasta Rondonópolis, pero ninguno alcanzó finalmente la Romaria. Durante un tiempo sentimos que la experiencia había quedado inconclusa. Sin embargo, poco a poco comprendimos que estábamos buscando el sentido en el lugar equivocado.
La verdadera Romaria ya estaba sucediendo.
Comenzó cuando aceptamos la incertidumbre como parte del camino. Cuando dejamos de controlar cada paso y aprendimos a vivir sin saber dónde dormiríamos esa noche, qué comeríamos o quién se detendría para acercarnos hasta el próximo destino. Allí empezó una peregrinación mucho más profunda que cualquier mapa podía señalar.
Descubrir a Dios en los encuentros
Al finalizar la experiencia, nos reunimos en el monasterio de las Hermanas Clarisas de Resistencia para hacer memoria de lo vivido. La propuesta fue sencilla: expresar la experiencia a través de una imagen.
Aparecieron el atardecer en la hora dorada, la neblina de la mañana, un mate lavado, un paño que desempaña un vidrio, una bandera llena de nombres, el viento en el rostro, una casa sin adornos, los pies cubiertos de tierra y un río ancho y sereno. Distintas imágenes que, de algún modo, hablaban de una misma certeza: el camino había ensanchado nuestro corazón y fortalecido nuestra confianza en un Dios que nunca deja de acompañar.
Fue también una experiencia de encuentro con nuestra propia fragilidad. En la ruta, siendo una Iglesia necesitada, descubrimos el rostro de Dios en quienes nos ofrecieron un lugar para descansar, un plato de comida, una conversación o simplemente un gesto de hospitalidad. Dios se hizo cercano en el rostro de un padre, una madre, un hermano, una amiga, un hijo.
La providencia tiene rostros
Hay caminos que solo pueden comprenderse mientras se los transita.
Cada paso alcanzaba para descubrir el siguiente. La providencia nunca nos mostró el recorrido completo; simplemente nos regaló la confianza necesaria para seguir avanzando. Y, mirando hacia atrás, comprendimos que el camino siempre se abría. No como lo habíamos imaginado, sino exactamente como lo necesitábamos.
En este año en que celebramos los 800 años del tránsito de nuestro hermano Francisco, la itinerancia también fue una invitación a renovar nuestro modo de estar en el mundo: caminar ligeros, disponibles para el encuentro y confiados en que Dios sigue obrando en la historia.
Un camino que continúa
Como escribe Éloi Leclerc en Sabiduría de un pobre:
"Evangelizar a un hombre es decirle: 'Tú también eres amado de Dios en el Señor Jesús'... y portarse con ese hombre de tal manera que descubra que hay en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba."
Volvemos con el corazón ensanchado y la certeza de que la itinerancia no terminó al regresar a casa. Continúa cada día, en la manera en que elegimos caminar, encontrarnos con los demás y dejarnos sorprender por la providencia.
Porque descubrimos que la providencia no tiene fronteras. Tiene nombres, historias y rostros concretos.
Y que el Evangelio sigue siendo, hoy como ayer, un camino que se recorre paso a paso.
